A partir del testimonio de Claudia Nasif, se reconstruye la historia de su familia, íntimamente ligada al nacimiento de Ingeniero Jacobacci, al desarrollo del ferrocarril en la Línea Sur y al espíritu de los inmigrantes que poblaron la Patagonia.
La historia familiar comenzó alrededor del año 1900, cuando su abuelo, Simón Nasif, emigró desde el Líbano huyendo de la guerra y en busca de un futuro mejor. Como tantos otros inmigrantes de la época, llegaron a Argentina en barco. Decidió trasladarse hacia el sur del país atraído por la presencia de una comunidad árabe activa en la región. En sus primeros años en la Patagonia, Simón se dedicó como muchos a ser “mercachifle”, vendiendo mercadería en una carreta.
En 1910 , regresó temporalmente al Líbano para casarse con Victoria Chimelli (quien entonces tenía 15 años, mientras él tenía 29). Juntos regresaron a la Argentina para formar su familia, desplazándose y viviendo en distintos pueblos de la Línea Sur a medida que avanzaba el tendido de las vías del ferrocarril.
La familia, que llegó a tener 12 hijos (de los cuales 7 llegaron a la edad adulta), decidió asentarse definitivamente cuando las vías del tren alcanzaron la localidad de Ingeniero Jacobacci.
Allí, Simón levantó un emblemático negocio de ramos generales cuya estructura de chapa y pinotea fue traída desarmada desde Europa, primero en barco y luego en tren.
El comercio se ubicaba en la avenida principal, la zona donde se concentraba toda la actividad fundamental del pueblo, la actual avenida Belisario Roldán (allí se estableció también la primera iglesia y el primer banco). El almacén funcionaba bajo una dinámica totalmente distinta a la actual: Variedad absoluta: se vendía “desde escarbadientes hasta todo lo que se puede imaginar”, incluyendo ropa, alimentos para personas y animales, mercería, talabartería y ferretería. Venta a granel: productos básicos como el azúcar, la yerba y las papas se despachaban sueltos. No existía el plástico ni el nailon; los clientes debían llevar sus propias botellas de vidrio o damajuanas para ser llenadas.

También funcionaba como centro de acopio de productos locales como lana y cueros. En esos años, la producción de lana de Jacobacci se enviaba en vagones de tren hacia las barracas y curtiembres de Avellaneda (Buenos Aires) antes de que el circuito comercial se desplazara hacia Trelew.
Simón Nasif demostró una mentalidad avanzada para su época al priorizar la educación de sus hijos. Para evitar enviar a los jóvenes como alumnos a Buenos Aires, decidió mudar temporalmente a su esposa Victoria a la capital en un departamento alquilado para que los acompañara durante sus estudios. Gracias a este esfuerzo, el padre de Claudia fue recibido de Contador Público y Doctor en Ciencias Económicas.
A pesar de haberse formado en Buenos Aires y de haber conocido allí a quien sería su esposa (también de origen libanés), su amor por Jacobacci lo hizo regresar para establecerse definitivamente en el pueblo. Trabajó en el negocio familiar hasta el último día de su vida y, como de su rigurosa formación de época, se destacó por su asombrosa agilidad mental: falleció a los 90 años sin haber utilizado jamás una calculadora, realizando todos los complejos cálculos matemáticos mentalmente.
Tras el fallecimiento de su padre, Claudia se dedicó a ordenar el escritorio y revisar los abundantes papeles y objetos comerciales que él había conservado meticulosamente a lo largo de los años. Entre los hallazgos se encontraron antiguas máquinas de sumar, máquinas de escribir y mercaderías originales de la época. Con el motivo del centenario de Ingeniero Jacobacci, Claudia compartió una fotografía antigua del comercio en una página del pueblo.

La emotiva respuesta de los vecinos, quienes manifestaron un profundo interés por conocer el lugar, la impulsó a acondicionar un sector del antiguo local a modo de muestra histórica. Este espacio, nacido del afecto filial, funciona hoy como un resguardo de la memoria colectiva del pueblo.
El relato de Claudia también deja espacio para analizar cómo se transformó la vida cotidiana y productiva en la Línea Sur: recuerda la dureza de las antiguas construcciones de chapa y madera (“casas chorizo” de techos altos inspiradas en la arquitectura que conocieron los inmigrantes). Antes de la llegada del gas natural, las habitaciones se calentaban con braseros que debían retirarse antes de dormir por el peligro de intoxicación..
Destaca el rol de las colectividades (árabes, españoles, italianos) que levantaron el país con su trabajo, así como la infraestructura ferroviaria y la introducción de la ganadería ovina legada por las estancias inglesas en la Patagonia.
Analiza con preocupación el declive de la actividad ovina en la meseta, afectado por persistentes ciclos de sequía, la falta de rentabilidad y el avance de depredadores como el puma y el jabalí, factores que han llevado al abandono de los campos y al éxodo de los jóvenes hacia el pueblo.
