Cuando creó sus primeras piezas en el taller, se disiparon todas las dudas: era lo que siempre había buscado. Sus joyas se caracterizan por un estilo audaz y provocador, marcando una diferencia en el mundo de la orfebrería. Cada pieza refleja una personalidad distintiva y un cuidado artesanal excepcional. Su propuesta estética está generando un gran impacto.
Daniela trabajó desde chica, fue rotando por mil oficios y aunque a veces la entusiasmaba la idea de estudiar algo, no pudo, o no encontraba nada que la conmoviera o que quisiera hacer parte de su cotidiano.

Pasaba horas jugando en el patio de su casa con metales que sacaba del taller de soldadura de su papá, en Neuquén. Los cortaba con palitos, les daba forma, los miraba brillar al sol. Nunca se imaginó que en ese mundo que creaba en la infancia mientras mamá y papá salían a trabajar, estaba su verdadera vocación. Lo descubrió mucho más tarde, después de perderse en proyectos que no iban para ningún lado, hasta que la joyería la encontró a ella y desde entonces siente que volvió a jugar y a crear mundos.
El sueño de la moda, que es lo que siempre la había fascinado, lo había olvidado en la adolescencia, asumiendo que en ese entonces se necesitaba un cuerpo hegemónico para ser modelo o trabajar bajo reglas que nada tenían que ver con su búsqueda.

Hace poco más de 10 años, incentivada por su suegra, Daniela se anotó a un taller de joyería con Nora de los Santos, una diseñadora neuquina formidable, obrera de la imaginación, el metal y la belleza, que le abrió las puertas de la joyería y la ayudó a iniciar su camino.
Cuando creó sus primeras piezas en el taller, se disiparon todas las dudas: era lo que siempre había buscado. Se dio cuenta que tenía en sus manos la posibilidad de crear objetos de belleza, donde pueden convivir infancia, esencia, vuelo, arte, moda, poder. Sobre esos contrapuntos creó Vivancool (@vivancool_), su marca. Brazaletes inmensos, aros con relieve, anillos de geometrías varias: las joyas que crea Daniela tienen alma y también geografía.
A veces me gusta ver qué puedo sumar de Neuquén a mi trabajo, a veces es sólo salirse de eje y crear. A veces la prioridad está en registrar lo que me hizo sentir la pieza cuando la creé.
Yo no quería que mis piezas estuvieran solas. Yo quería que a mis piezas las usen las personas. Empezamos a juntarnos con colegas del arte y la moda, a reconocernos, a preguntarnos: ¿vos qué sabes hacer? ¿Vos haces maquillaje? ¿Vos tenés tus cuadros? Bueno, armemos producciones de fotos. Impulsar, impulsar, impulsar para que nosotros nos impulsemos juntos. Y la verdad, he logrado cosas solas, pero en compañía siempre es más divertido y es otra adrenalina y otro gustito.
Hace algunos años, junto a Paula Rosas, Yanina Sepúlveda, Fernando Montesino crearon Mancha Brava, un espacio dinámico y diverso para dar visibilidad al diseño neuquino. Montaron un local multimarca que reunía a 15 diseñadores y que hoy funciona sólo de manera online.
