Después de una década de sufrir la enfermedad de Parkinson, fallece en Buenos Aires, a los 77 años, el exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
“Vivir solo cuesta vida”, cantaba Carlos Alberto Solari, el Indio. La inconfundible voz de la banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota había comenzado como un murmullo en circuitos marginales, a fines de los años setenta y comienzos de los ochenta, y había llegado a ser un fenómeno casi religioso de resonancia ineludible y masiva en Argentina y más allá, el corazón salvaje de una identidad popular cultivada alrededor de su críptica poesía y su particular melodía. Esa voz de barítono, de modulaciones inesperadas y cautivadoras, ya solo se podrá escuchar en grabaciones. A los 77 años, Solari, uno de los grandes artistas del rock argentino como compositor y cantante, un ícono de la contracultura, murió este viernes en su casa, en las afueras de Buenos Aires. “El futuro llegó hace rato”, cantaba, también, el Indio. (así se expresa Javier Lorca para El País).
Había nacido en la ciudad de Paraná, en 1949, y se había criado en La Plata, a 50 kilómetros de la capital argentina. Allí había conocido al guitarrista Eduardo Skay Beilinson, con quien engendraría hacia 1976, a Los Redonditos de Ricota. La banda alumbró una de las discografías más influyentes de América Latina, con una decena de álbumes como Gulp! (1985), Oktubre (1986), Un baión para el ojo idiota (1988), ¡Bang! ¡Bang! (1989), Lobo suelto, cordero atado (1993) y Luzbelito (1996), con canciones que hoy forman parte del inconsciente colectivo del país y la región.
La banda se disolvió en 2001, cuando había alcanzado el pico de reconocimiento del público y la crítica. Después de tres años de silencio, Solari conformó otro grupo, centrado en su figura: Los fundamentalistas del aire acondicionado. Bajo esa denominación publicó cinco álbumes, desde El tesoro de los inocentes (2004) hasta El ruiseñor, el amor y la muerte (2018), y protagonizó diversas presentaciones en vivo. La última sobre el escenario fue en 2017, en la ciudad de Olavarría, y congregó a unas 300.000 personas. Desde aquel momento, la participación de Solari en los recitales fue virtual o a través de mensajes grabados.

La enfermedad que marcó sus últimos años instaló a la muerte como materia de reflexión recurrente para Solari.
En su autobiografía Recuerdos que mienten un poco (Sudamericana, 2019), basada en diálogos con el escritor Marcelo Figueras, el músico esbozó cómo imaginaba su partida: “A la hora de irme, me gustaría hacerlo a la manera de Leonard Cohen: levantándome en mitad de una partida de póker sin llamar la atención, dejando las cartas sobre la mesa, sin interrumpir el juego y con la confianza de que mis compañeros no darán vuelta los naipes para adivinar qué me traía entre manos.
Me gusta por lo austera, esa idea: irse callado, sabiendo que llegó tu momento de perder y sin distraer al resto de los jugadores, que merecen seguir adelante”. Pocas líneas después, agregaba: “Sólo aspiro a que la muerte me encuentre vivo”.

Hasta siempre!!!!! vivirá en nuestra memoria siempre……
