<<Nací en El Maitén, en la provincia del Chubut, el 23 de febrero de 1949. Viví casi toda mi vida en Ingeniero Jacobacci, mi pueblo querido, con la única excepción de dos años en los que me fui a La Pampa cuando tenía 19 años; Allá nació mi hija mayor, y después regresé para no volver a irme. En el año 1990 empecé a trabajar en el taller Amanecer.>> Así comienza Sara Almendra a contarnos su vida.
<<Allí asistían personas ya mayores que no estaban en edad escolar y que tenían distintas problemáticas, como hidrocefalia o síndrome de Down. Muchas familias no sabían dónde ubicar a sus hijos porque las escuelas no los aceptaban, y necesitaban un lugar de contención y entretenimiento que también les diera un respiro a los padres. Trabajé allí durante 26 años. Aunque yo no había estudiado para eso y al principio me preguntaba en qué lío me había metido, al poco tiempo me encariñé tanto que decidí quedarme.>>
<<El taller fue mi verdadera universidad: allí aprendí todo de ellos, sobre todo lo que es el amor. Los chicos fueron como mis hijos y los padres siempre se mostraron muy agradecidos. Cuando llegó el momento de jubilarme no quería saber nada; Si hoy pudiera, seguiría trabajando allí, pero sé que también debo dedicarme a mí misma.>>

<< En el taller pasábamos cuatro horas al día. Hacíamos de todo: motricidad, pintura, collage, artesanías, huertas de verduras, frutas y flores, e incluso lavábamos ropa para un hotel con la ayuda de las mamás de algunos chicos. También escribimos con ellos. Tengo muchos recuerdos de esa época. Uno de los más patentes ocurrió en el cumpleaños de 15 de una nena con hidrocefalia. Yo le había preparado la torta en mi casa y fuimos al taller a festejar, pero nos encontramos con que nos habían cortado el gas porque la comisión de la asociación se había olvidado de pagar una boleta de 11 pesos. Estaba todo apagado y frío. Por suerte, la mamá de uno de los chicos nos ofreció su casa. Nos fuimos todos caminando y trasladando a los chicos —a la cumpleañera la llevamos en su silla de ruedas adornada con una mantita y moños—. Yo estaba tan angustiada y lloraba tanto de la impotencia por no poder festejarlo en el taller, que los chicos me abrazaban y me besaban para calmarme. Al final, el cumpleaños salió hermoso.>>
<< También pasamos momentos difíciles, como la época de las cenizas volcánicas. Un hombre muy bueno de Bariloche, Edgar Olivera, nos ayudaba muchísimo mandando ropa y elementos para los chicos. Como el taller no podía abrir de forma regular, yo me comprometía a ir a visitarlos a sus casas los días en que no soplaba mucho viento. >>
<<Además de mi trabajo en el taller, siempre me apasionaron las artesanías, especialmente en tela. Cuando era chica no había jugueterías para ir a comprar, así que mi mamá nos hacía muñecas de trapo y les bordaba los ojos, la nariz y la boca. Yo soy la segunda de siete hermanos y, a medida que fueron naciendo mis hermanas menores, me tocó aprender a hacerles las muñecas y los peluches. Hoy en día las artesanías son mi terapia y también una ayuda económica fundamental, ya que cobro la jubilación mínima. Participo en la Feria de Artesanos Independientes de Jacobacci, vendo cosas a la gente del pueblo que busca regalos de cumpleaños ya veces les mando productos a mis nietas para que los vendan en otras ciudades. También me dedico a la cocina dulce: hago tortas, galletitas y pastafrolas sencillas, todo a ojo o siguiendo revistas, porque la tecnología e internet me superaron por completo. >>

<<La escritura también ha sido un pilar en mi vida. En 1991, mi amiga Rayito Simionatto —una mujer sumamente inteligente que trabajó muchísimos años en el área de Cultura de Jacobacci y ayudó a muchísima gente dando oportunidades— armó un grupo de escritores y me invitó a participar. Nos juntábamos en talleres provisorios en nuestras casas y allí empezamos a escribir. Para mí la escritura siempre fue una descarga; escribía sobre mis penas y momentos difíciles. Estuve en el Centro de Escritores hasta el año 2015, cuando me cansé de acumular papeles en casa, aunque sigo anotando ideas que se me cruzan por la cabeza. La vida me ha presentado muchos caminos y he aprendido a aceptarlos y amarlos.>>
<<Aunque a veces uno se queja, cuando veo las realidades de otras familias entiendo que tener salud y una familia sana es la mayor de las bendiciones. He pasado por pérdidas y situaciones estresantes que repercutieron en el cuerpo.>>
<< Trabajo desde muy chica. Me acuerdo perfectamente de que a los nueve años repetí segundo grado superior. Como castigo para ponerme “en vereda”, mis padres me dijeron que no había rendido y que en las vacaciones me tocaría ir a trabajar. Así fue como me pusieron a trabajar de niñera. De esa experiencia tan temprana aprendí algo fundamental: que a los chicos jamás se les debe pegar ni maltratar. Lo aprendí en carne propia, porque la señora para la que trabajaba me agarraba de los pelos cada vez que yo no entendía alguna instrucción. A pesar de ese comienzo, a mí nadie me exigió ni me obligó a trabajar el resto de mi vida; lo hice por voluntad propia porque aprendí el valor del esfuerzo y que, cuando los padres dicen “no”, es un “no”. Toda mi vida trabajé duro para tener lo mío, equipar mi casa y pagar mis deudas sin tener que deberle nada a nadie. Por eso hoy estoy plenamente conforme con mi vida, con mis hijos y con mi trabajo. Siempre digo que, si algo me ha salido mal en el camino, ha sido por mi propia elección, porque uno mismo decide qué hacer y cuándo arriesgarse. Dios ha sido sumamente generoso conmigo al darme salud y una buena vida. Nunca he tenido que valerme de nadie para salir adelante, salvo del apoyo de mis hijos en momentos de enfermedad. A mis 76 años no puedo estar desconforme.>>
<<Hay quienes sólo se acuerdan de pedirle a Dios cuando están enfermos, pero se olvidan de dar gracias por un día bonito o por cosas tan sencillas como poder despertar cada mañana. Yo rezo todas las noches al acostarme y también al levantarme para dar las gracias.>>
<<Me acuerdo que una vez me pidieron escribir algo. En realidad, le habían pedido a otra persona que buscara a alguien de Jacobacci para que redactara un texto destinado a un proyecto para personas mayores. Yo le dije: “¿Pero ¿cómo voy a escribir yo algo para personas adultas grandes si yo no me siento tan vieja?”. Ella me insistió tanto y me dijo: “No, escribí algo, escribí algo”, al final me animé y escribí un cuento que llamé El cometa olvidado. Tiempo después, me llegó una carta sorpresa donde me citaban en General Roca. Querían convocarme porque mi cuento había salido premiado y lo habían publicado en un libro. Viajé y me hicieron entrega de la obra, en la que incluso un artista plástico se había encargado de hacer los dibujos que ilustraban mi historia. El libro, que se titula Para hacer hablar las palabras, es una antología que recopila estos trabajos y fue editada por el Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados (PAMI). Lo más lindo de todo es que, como en ese tiempo los talleres de alfabetización seguían funcionando, mandaron ejemplares de este libro a todos los talleres de la provincia para que la gente mayor los usara para leer. Es increíble ver cómo, casi sin buscarlo, uno termina con obras publicadas que además sirven para ayudar a otros.>>

Sarita, un ejemplo de perseverancia, trabajo, de amor hacia su prójimo, artista y…….hermoso ser!!!!
