Manuel Camiña, un inmigrante en la estepa patagónica

En los rincones de Ingeniero Jacobacci aún caminan historias que parecen sacadas de una novela del siglo pasado. Él es uno de los pocos inmigrantes que quedan en nuestro pueblo, un hombre que cambió los estudios eclesiásticos por el rigor de la construcción y el comercio en la Patagonia.

Nacido en Guisande (Parroquia de Presqueira, España), su vida dio un giro definitivo en 1952.Con apenas 17 años, decidió abandonar sus estudios en Santiago de Compostela para no ser una carga económica para su madre, quien criaba sola a sus hermanos mientras su padre enviaba desde Argentina un dinero que, por el cambio de moneda, apenas rendía unos centavos. El 26 de marzo de ese año, zarpó desde el puerto de Vigo en el “Vapor Salta”, un barco de carga acondicionado para pasajeros. Tras 17 días en el mar, llegó a Buenos Aires el 13 de abril para reencontrarse con su padre y emprender el tramo final hacia su nuevo hogar: Jacobacci.

La llegada a Jacobacci no fue solo un reencuentro familiar; fue el inicio de una vida de aprendizaje forzado. De ser un estudiante que “no sabía nada”, pasó a aprender el oficio de albañilería trabajando con su padre en las estancias de la familia Blanco. Allí, entre ladrillos y galpones, construyó los cimientos de su propia perseverancia. Aunque en 1954 su padre enfermó y regresó a España, él decidió quedarse en Argentina. Pasó un tiempo en Buenos Aires trabajando en el sector gastronómico, pero el destino —y el amor— lo traerían de vuelta a la estepa. “Vine de vacaciones a Jacobacci… conocí a Josefa (su esposa) y me quedé”.

Trabajó como mozo en el club local gracias a sus conocimientos de gastronomía adquiridos en Bs.As, en la Usina y, finalmente, decidió emprender su propio negocio. Con la confianza de los viajantes y un esfuerzo monumental, instaló su negocio que ofrecía desde bazar y librería hasta juguetería y muebles. Incluso la fortuna le sonrió a su esposa en momentos clave, ganando un premio de la lotería que les permitió “pagar cuentas” y seguir adelante en los años difíciles.

Hoy, a sus más de 90 años, sigue manejando su auto y disfrutando de una vida metódica y sana. Aunque pudo volver a España varias veces para visitar a su hermana melliza y celebrar sus nueve décadas de vida, su corazón pertenece a la casa que él mismo construyó con sus manos en Jacobacci. Su historia es el testimonio vivo de una generación que cruzó el océano con una maleta vacía pero llena de voluntad, recordándonos que nuestro pueblo fue construido por manos que, aunque nacieron en tierras lejanas, eligieron la estepa para echar raíces eternas.

Cierra la entrevista con una reflexión cargada de melancolía sobre el costo de la inmigración. A pesar de que tuvo éxito en Jacobacci, de haber formado una familia con tres hijas y de haber podido viajar de regreso a España, confiesa que su único y gran pesar fue no haber podido llevar a su esposa a conocer a su madre. Es el recordatorio de que, para el inmigrante de aquella época, el éxito solía llegar cuando los seres queridos que quedaron atrás ya no estaban para presenciarlo.

Muchas gracias Familia Camiña por abrirnos las puertas de su casa y de sus recuerdos

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